
Llegó esta tarde, comienzo de otoño, atraída por el café humeante, el pan tostado y el murmullo del viento ronroneando en la ventana.
Se metió sin permiso, la vi deambulando entre el sillón y la manta. Se acercó sigilosa como una nube blanca de claridad soñolienta, paseando por delante de mis ojos y me asustó.
Sucumbí a su desencanto, y en mis pupilas sentí brillar una tristeza inconclusa, de un recuerdo muy guardado.
Apagó los ruidos, tiñó de ocre y penumbras todo a mi alrededor, me acurruqué, y bajo su hechizo sentí volver mi niñez.
Me descubrí asustada por una melancolía llena de imagenes lejanas, trayendo en sus bolsillos los olores y sonidos de otros tiempos, lejanos y dulces , que estaban ocultos bajo una razón pesada. Que hacía años nadie movía, y que ella tan habilmente, logró sacar ante mi propio asombro.
Dejandome inmóvil y llorosa, viendo como el otoño sacude con furia y con lluvia, hoy a la vida, más alla de una ventana, mientras se olvida en mi casa esta melancolía atrevida que viene a buscar mis recuerdos, guardados tan celosamente, que hasta hoy, ni yo, había intentado buscar.